Nueva democracia en México

 

México ha consolidado en los últimos años su papel fundamental en el contexto iberoamericano, no sólo por su creciente importancia en el terreno económico -ya es la novena potencia económica del mundo-, sino como una de las experiencias democráticas más recientes y que más esperanza despiertan en el subcontinente.

 

Mario Vargas Llosa declaró hace años en un encuentro entre intelectuales celebrado en la capital azteca que México era la 'dictadura perfecta'.  El escritor peruano-español dijo esto por la capacidad del sistema político mexicano, encabezada por un único partido político, para reinventarse a sí mismo y mantenerse así en el poder durante más de setenta años. 

Al siguiente día de haber hecho estas declaraciones, Vargas Llosa tuvo que abandonar el país en medio de una bronca fenomenal.

Aunque desde finales de los ochentas, y sobre todo durante los noventas, los partidos de oposición fueron ocupando posiciones de decisión cada vez más importantes, fue hasta 2000 que la victoria de Vicente Fox en las elecciones presidenciales inauguró de forma plena una democracia en México.

Con esta victoria se daba por concluida la historia más larga vivida por ningún régimen político en el mundo, ya que el Partido Revolucionario Institucional vió fin a su poder después de setenta y un años de ejercerlo.

Fox, un pragmático empresario reconvertido a político, supo encabezar el descontento popular y movilizar a fuerzas sociales que no querían tener nada que ver con los personajes de siempre (ni en el poder ni en la oposición) pero que urgían un cambio.   

Con un ambicioso programa político, aunado a su gran carisma y a su capacidad para conectar con el elector medio, logró ganarse el voto y la confianza de millones de mexicanos, quienes le llevaron finalmente a ocupar el sillón presidencial.

 

 

Un inicio con tropiezos

El primer año del presidente Fox -de madre española y padre mexicano-, ha vivido claroscuros que invitan a la esperanza o al desaliento, depende de la perspectiva con la que se le mire.

Sin los problemas de legitimidad que tuvieron que enfrentar los anteriores presidentes mexicanos surgidos de procesos electorales viciados de inicio, se esperaba que con la llegada de un político sin compromisos claros con el régime se desterraran los problemas de impunidad, corrupción y clientelismo que pervivieron durante decenios.  Aunque existen más de un centenar de procesos abiertos de corrupción en contra de funcionarios de la actual y de pasadas administraciones, aunque se están sacando a malos elementos de los cuerpos de seguridad, aunque se están transparentando las licitaciones públicas que antes se definían por tratos de favor de los antiguos gobernantes, quedan muchos temas aún sin resolver.

Ahí está el mayor quebranto financiero en la historia de la banca mexicana que será pagado por todos los mexicanos, ahí están los asesinatos políticos sin esclarecer -el último hace apenas unos meses atrás-, ahí las promesas incumplidas de solucionar el conflicto zapatista 'en cinco minutos', ahí está el preocupante avance del narcotráfico en varias zonas del país.

La desconfianza

Después de más de catorce meses en la presidencia, Vicente Fox pide paciencia a la población que le votó viendo en él la personificación del 'cambio'. Aunque aún mantiene cotas de popularidad muy altas, sus últimas propuestas han sido mal recibidas por la población.  Sobre todo su reforma fiscal, en la que se propuso la imposición de una tasa del 15 por ciento de IVA a alimentos y medicinas, por la que libró una lucha legislativa en el congreso del país de la que no resultó vencedor. 

El combate a la pobreza, uno de los temas que más le urgía la población durante su campaña no ha sido encausado y mucho menos resuelto. Fox sabe que un país con 40 millones de pobres es una injusticia insoportable, además de ser una bomba de tiempo, que, de no atenderse seria y eficazmente, pondrá en peligro la incipiente democracia mexicana.

Además, Fox tiene ante sí el gran reto de afrontar los crímenes políticos cometidos en el pasado para renovar la confianza en la justicia y ventilar los armarios del poder, cerrados a cal y canto por el anterior régimen.  Tendrá que hacerlo con los responsables de estas atrocidades libres y en la calle, quienes responderán agriamente cuando se vean cercados por la justicia.

Con los problemas políticos internos sin resolver, la nueva administración no contará con el apoyo y la confianza necesaria para abordar los cambios estructurales que la economía mexicana requiere y eso seguirá lastrando el desarrollo del país azteca.

Sabe Fox que no puede pedir más paciencia, que su tiempo de prueba ha pasado y que los mexicanos comenzarán a pedirle cuentas cada vez con mayor insistencia.

  

Poder y responsabilidad

Pareciera que toda la profundización del proceso democrático recayera en el presidente Fox y nada más lejano a la realidad.  Los gobiernos locales, los partidos políticos de oposición, los empresarios, los intelectuales y, en sí, toda la sociedad mexicana, tiene el gran reto de hacerse cargo de la parte que le toca. 

El inmovilismo político o el ataque sin una propuesta alternativa viable, el incumplimiento de las obligaciones fiscales y el argumento económico como argumento de chantaje en la negociación de prebendas, deben verse como cosas del pasado y asumirse responsabilidades tanto como se exigen soluciones.

México, como el resto de Latinoamérica, pasa por momentos de consolidación democrática y es labor de todos mantener -y en otros casos, reconstruir- la libertad, la justicia y la paz, por el bien de tantos millones de personas que quieren seguir teniendo esperanza.

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