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Un voto de confianza, el voto de los mexicanos en el extranjero

En España, los políticos utilizan con orgullo la comparación con “los países del entorno” con el fin de resaltar los grandes avances que ha tenido el país en los últimos años.  

De la misma manera, México debería situar sus indicadores frente a los de un grupo de países de desarrollo medio para compararse en todo tipo de temas, para enorgullecerse en aquellos rubros en los que estuviera en una posición aventajada, y para identificar claramente los retos más urgentes que se le plantean al país y en los que tiene un claro retraso.

Uno de los rubros en los que México tiene un claro déficit democrático y de justicia es en la imposibilidad de votar en ningún proceso electoral entre quienes nos encontramos fuera del país. 

Mientras que en 40 países como Brasil, Perú, Canadá, EE.UU., entre otros, el voto de sus ciudadanos en el extranjero ya es una tradición e incluso, en el caso de España, puede influir de manera definitiva en el resultado de algunas elecciones locales, en México nuestras autoridades aún se encuentra analizando el tema.

Resulta especialmente llamativo el caso de Colombia, país en el que la participación electoral de sus ciudadanos en el exterior no se limita a la emisión del voto, sino que va más allá, con la elección de representantes entre los colombianos que están en el extranjero.

Asimismo, algunos países de África tienen secretarías al más alto nivel para atender a su población en el extranjero y, por supuesto, ofrecen la oportunidad de la participación electoral a todos sus ciudadanos que estén en otros países.  

En este aspecto, en la comparación con otros países del mismo o menor nivel de desarrollo, los mexicanos quedamos en una posición de franca desventaja.

Voces

Como en todo debate político, en torno al voto de los mexicanos en extranjero hay voces que se pronuncia en contra y otras a favor. 

Para mí este debate es falso, puesto que no se puede debatir las ventajas o inconvenientes sobre un derecho que corresponde a todos los mexicanos.  Es tan absurdo como si nos pusiéramos a discutir entre si pagar o no una compra en el supermercado.  Hay unas reglas del juego y se tienen que respetar sin tramposas discusiones.

El ex secretario de Gobernación, Jorge Carpizo, dijo que existen riesgos para el país si se permite el voto de los mexicanos en extranjero, ya que, según él, se abriría la puerta para que intereses poderosos de Estados Unidos influyan en decisiones nacionales como la que representa una elección presidencial, a través de votantes y candidatos.

Una reglamentación clara y una buena logística asegurarían que la voluntad de los mexicanos que estamos en el exterior tuviera el papel que se merece en la futura configuración del país.   Otros países “de nuestro entorno” lo logran con éxito; bien podríamos aprender de ellos.

La supuesta influencia de los votos de los mexicanos en el extranjero sería real y determinante a tal punto que inclinaría la balanza a favor de uno u otro candidato en una elección presidencial o de un gobierno estatal.  Tan sólo habría que pensar que podrían votar entre 7 y 9 millones de compatriotas, lo que representaría aproximadamente la irrupción en el panorama electoral de una fuerza ciudadana equivalente a la que representa actualmente el Estado de México, entidad con mayor número de votos en todo el país.

Esa influencia no debería verse con recelo, sino que sería deseable y habría que darle la bienvenida, acelerando el paso para incluirla rápidamente en la incipiente democracia mexicana, otorgándole una legitimidad que aún no posee.

Por otro lado, hay varios gobernadores como Lázaro Cárdenas Batel (PRD), de Michoacán; José Murat (PRI), de Oaxaca, y Francisco Ramírez (PAN), de Jalisco, que apoyan decididamente el voto de los mexicanos que residimos en el exterior.

Ricardo Monreal (PRD), de Zacatecas, ha dado un impulso importante a este asunto, al presentar una resolución en la cámara local para el reconocimiento de los derechos políticos de los zacatecanos en el extranjero.

Quien paga manda

Si el dinero que enviamos a México representa la segunda fuente de ingresos del país, sólo por detrás del generado por el petróleo, y más que lo captado en inversión extranjera directa y por el turismo, resulta cuanto menos paradójico que no se nos tome en cuenta en el momento de determinar las políticas del país.   Es como si una empresa hiciera oídos sordos a las peticiones de su mejor cliente.

En ningún momento quiero plantear los derechos de los mexicanos en el extranjero como una relación comercial o, peor aún, mercenaria con los representantes del país.  Mi intención es complementar el marco de referencia con el que comenzaba mi artículo.

En España, por ejemplo, existen una serie de ayudas y subvenciones para apoyar a los emigrantes que quieran volver a su país.  Estos apoyos son:

* Descuentos en boletos de avión para quien retorna y su familia

* Exenciones de impuestos en el traslado de bienes (mobiliario, automóviles, etc.)

* Prestación por desempleo a nivel contributivo (dinero en efectivo si se han pagado impuestos en España y se encuentra sin trabajo)

* Subsidio por desempleo (dinero en efectivo si se encuentra sin trabajo)

* Renta activa de reinserción (dinero en efectivo para personas con dificultades para encontrar trabajo)

* Diversas ayudas de las diferentes administraciones públicas (para emprender negocios, para obtener formación y cursos de actualización, etc.).

* Asistencia sanitaria (equivalencia a tener derecho a ir al médico al IMSS o al ISSSTE)

* Diversos servicios sociales (asesoramiento sobre derechos, programas de inserción social, alojamiento provisional, asistencia en el hogar para discapacitados, turismo social, oficinas de empleo, etc.)

Aunque la comparación aquí sea más difícil de establecer entre México y España,  puesto que el estado del bienestar en este país europeo tiene una gran tradición, está protegida por leyes y tiene el compromiso de los principales partidos políticos, es evidente que la importancia que le dan a sus emigrantes reside en parte a una filosofía de justicia para sus ciudadanos en el exterior, pero también hacen un reconocimiento a su importancia económica real y potencial.

No es ningún secreto que importantes zonas de España están viviendo una renovación económica gracias a la aportación y al trabajo de los emigrantes que han vuelto a su país en los últimos años.  Entre ellos, destacan también los mexicano-españoles.

Pero todo esto no hubiera sido posible si los españoles en el exterior no pudieran votar y decidir entre diversas opciones políticas que representan mejor sus intereses.  De esta manera, se preserva el lazo con su país y se mantiene una puerta abierta para una futura vuelta. 

En este sentido, el voto de los mexicanos en el extranjero debería no sólo ser un reconocimiento a su importante contribución económica actual (consideremos que los estados mexicanos con mayores flujos migratorios reciben más dinero de los inmigrantes que de la que aporta el propio gobierno central, como son los casos de Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, entre otros), sino una vía democrática y justa para dar viabilidad a nuestras necesidades futuras.

Reconocer el voto de los mexicanos en el extranjero significaría un salto cualitativo en el proceso de democratización del país, sería acabar con una aberración histórica, saldando algunas cuentas pendientes con el pasado.  Pero también sería una decisión para el futuro, para sentar las bases de un México más justo y abierto a quienes, por las razones que fueran, tuvimos que salir de nuestro país y que no descartamos regresar, pero que nos merecemos hacerlo en las mejores condiciones. 

El nuestro sería un voto del confianza para nuestro país, un indicativo de que aún tenemos esperanza en México.

Todos los derechos reservados - Octavio Isaac Rojas Orduña.

Colaboración para MX2.

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