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Ahora que lo pienso

nunca hablé de la muerte

con mi padre,

pero ya me ha dado

el ejemplo más contundente.

Creo que me hubiera dicho poco:

“La gente se comienza

a morir,

no se sabe dónde,

ni en qué momento,

se nos mete la muerte

como germen de un infierno incurable”.

Primero,

puede ser

protagonista de pesadillas,

pero hay presencias

-amuletos de vida-

que la espantan

como un disparo a los buitres.

¿Cómo saber cuando los

gestos de siempre

se vuelven despedidas

premonitorias?

Esa mano que se levanta

para el saludo,

la sonrisa

que nos da la bienvenida,

el beso para recibirnos

pierden los antiguos

y adquieren

nuevos sentidos

-signos últimos-

de noches interminables

con lunas viejas,

de siempre.

¿Qué más me hubiera

                            dicho?

Uno comienza por morirse.

¿Por dónde?

El dedo meñique artrítico,

la columna chueca,

la voz desinflada,

el cerebro perdido,

los ojos más ciegos.

Uno inicia su muerte

no sabe cuándo,

pero lo que puede ser

lo último,

el final,

no lo vemos,

apenas presentimos

que llega

para ya no irse

sino con nosotros.