La última vez

 

         La última vez que llamé a casa no contestaste tú sino tu voz grabada.   Igual te dije que se había hecho tarde, que ya sólo quedaban cascajos de luz sobre la tierra.

 

         La emoción se me notaba.   Como pocas veces te dije que nuestro sol renqueaba y que su paso lento y desgajado, ahogado en su muerte como estrella, me había dejado con el aliento frío y con los pies descalzos.

 

         Me habías pedido, con esa voz anónima del que nada teme, que dejara el mensaje para cuando volvieras.

 

         Pero qué decirte de nada.   Soy el mismo de siempre.   Sólo que ahora ya no puedo llamar a tu puerta en cualquier instante, tampoco el viento arracima tus olores en mi rostro y, para colmo, ya no discutimos porque llego tarde.

 

         Así, ya no pude despedirme, ni volver a tocar tu frente tibia.

 

         Por eso no dejé ningún mensaje, ni hablé con ninguna máquina, aunque sólo quería decirte cuánta falta me haces.