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Comunicar en Medio del Terror: Los Medios de Comunicación Españoles Frente a la Masacre del 11-M

En memoria de las personas fallecidas y de las familias destrozadas por su ausencia

Estas palabras quizás se escriban en los momentos menos oportunos. Cuando aún hay varios cuerpos sin identificar en la improvisada morgue que se ha montado en el recinto ferial de Madrid. Apenas horas después de que cientos de madrileños hubieran enterrado a sus muertos. Al día siguiente de la mayor manifestación jamás vista en España, con la participación de más de 2 millones de personas. Escasamente un par de días más tarde de que hubieran sucedido los atentados terroristas más sangrientos en la historia de Europa con un terrible saldo de 200 muertos y más de 1.400 heridos.

Puede ser el peor momento, pero hay que dejar constancia de alguna manera de cómo la sociedad española -los medios de comunicación incluidos- se ha comportado de una forma ejemplar, mostrando al mundo como la tristeza y el horror pueden ser sobrellevados con valentía y entereza, con solidaridad y humanidad.

Si bien nadie olvida que los medios españoles tienen predilecciones más o menos abiertas por una u otra opción política, y que en otras condiciones hubieran tomado partido en la lucha partidista de cara a la inminente cita electoral que definirá la presidencia de España durante la próxima legislatura, lo que es verdad es que frente a la masacre ocasionada por los atentados terroristas en Madrid han respondido de forma unánime y, abandonando sus posturas ideológicas, han cumplido el único fin viable en estos momentos: el de ser útiles a la sociedad a través de su información.

Televisiones, radios, periódicos, revistas y publicaciones electrónicas, se encargaron de mantener informadas puntualmente a la sociedad madrileña y a la de toda España. Se brindaron integramente las listas de hospitalizados y fallecidos, terminando con la incertidumbre de millares de familias. Se convocó a la gente para que donara sangre consiguiendo en apenas un par de horas cantidad suficiente para las necesidades más apremiantes.

Difundieron la información facilitada por las autoridades, dieron voz a los representantes de todas las fuerzas políticas, pero también otorgaron espacio en sus páginas y abrieron sus micrófonos a cientos de historias personales de ciudadanos anónimos que solicitaban ayuda para encontrar a un familiar o a algún amigo del que aún no tenían noticia, o bien querían narrar su experiencia o lanzar algún mensaje de aliento para quienes habían sufrido la tragedia en carne propia, como una forma de solidarizarse con ellos y ellas y hacerles ver que no estaban solos.

No sucumbieron al amarillismo ni al sensacionalismo, respetando la intimidad de los fallecidos y los heridos, así como de sus familiares, en aquellos momentos tan confusos y difíciles, sobre todo justo después de que sucedieran las explosiones. En la televisión sólo se vieron planos generales de los vagones hechos añicos, pero nunca un acercamiento a un cuerpo mutilado o a rastros de sangre. Aunque las fotos que se publicaron reflejaron lo terrible de los atentados, los periódicos evitaron incluir imágenes morbosas a las estamos malacostumbrados a ver de otros conflictos.

Todos los medios atendieron a la necesidad del momento. Los electrónicos, con coberturas especiales, ininterrumpidas y en vivo desde los tres puntos en los que habían sucedido los atentados, apenas minutos después de que éstos hubieran ocurrido. Los diarios, lanzando ediciones extraordinarias con la información más actualizada el mismo día de la tragedia. Los semanarios, adelantando sus ediciones o sacrificando sus portadas para rendir luto a las víctimas.

Ante la necesidad de información, los medios electrónicos que normalmente cobran por sus contenidos optaron por liberar el acceso a sus páginas, justo en los días en que el tráfico de internet fue hasta ocho veces más intenso que lo habitual.

Además, por primera vez los medios españoles han reconocido el drama de los inmigrantes en toda su extensión. "Vinieron a buscarse la vida y encontraron la muerte", dijo algún columnista. "Eran trabajadores, algunos de ellos sin papeles, pero al fin y al cabo personas que venían a forjarse un futuro mejor y cuya vida ha sido arrancada de cuajo. Entre los manifestantes había hombres y mujeres que hablan varias lenguas, que tienen distintos tonos de piel, que profesan diferentes religiones y se han educado en culturas diversas. Pero hoy algo los une: el dolor por la pérdida irreparable de un familiar o un amigo; el miedo, la rabia, la indignación y la reivindicación por que la justicia no deje impune estos horrendos crímenes".

Si bien en medio del caos y la confusión se pudieron cometer errores, éstos se pueden explicar por lo vertiginoso de los acontecimientos, por la necesidad de tomar decisiones precipitadas en una situación inédita o por la inercia de los hechos. Quizás alguna radio repitó un excesivo número de veces la llamada desgarradora de una persona justo en el momento de una explosión. Quizás cierta televisión pública se equivocó en un dato de un atentado perpretado por la banda terrorista ETA y momentos después tuvo que rectificar. Quizás algún medio no dejó de cumplir su pauta publicitaria ni de cumplir su programación habitual. Quizás no todos los presentadores que salieron a cámara iban vestidos de luto. Quizás los matices ideológicos volvieron al tercer día de los atentados y la confrontación comenzó a darse por la definición de los posibles autores de los atentados.

Lo más importante es que los medios españoles han cumplido su función en el momento preciso. No han deformado ni desinformado, han informado puntual e incansablemente todo lo que sabían, sin dilación y con una total transparencia.

Si la altura de los hombres y de las colectividades se mide por cómo responden ante las dificultades, la sociedad española se ha convertido en un referente moral gigantesco para el mundo.

La vuelta a la cotidianidad puede volver a mostrar la mezquindad y el sectarismo de algunos grupos, pero no se olvidará lo que se logró, en medio de tanto horror, tanto sufrimiento y tanta confusión, el 11 de marzo de 2004, tras los atentados terroristas sufridos en Madrid, España.

Todos los derechos reservados - Octavio Isaac Rojas Orduña.

Colaboración para Infosol.

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